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Encuentros

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Sucedió en París. Un hombre que se presentaba bajo el nombre de François-Xavier Roth, y que era antiguo alumno del flautista Alain Marion, me contactó y me preguntó si quería escribir un texto sobre mi encuentro con ese músico. Tristemente, Alain Marion había fallecido poco tiempo antes, e incluso la revista La lettre du musicien le había dedicado un homenaje. Lo cual no me sorprendía, ya que sus estudiantes, al parecer, le habían querido muchísimo. Justo después de su muerte, varios de ellos me habían contactado para comunicarme la dolorosa noticia. Ya que me encontraba en Dinamarca para dar un concierto, desgraciadamente no pude asistir al funeral de aquel hombre que había transformado la trayectoria de mi existencia y la de mi familia.

 Nuestro primer encuentro tuvo lugar en mi ciudad natal de Tirana, en la Albania comunista, después de un concierto que nuestra escuela de música organizó en su honor. Los funcionarios le acababan de llevar a ver una central hidráulica, y después visitarían con él un centro de metalurgia. Pero entre todo ello también quisieron mostrar al artista – uno de los pocos músicos occidentales que venían a tocar en la Albania de aquella época – la cantera de talentos musicales del socialismo. Me acuerdo de Alain Marion como un hombre enérgico, que hablaba con mucho entusiasmo en su idioma natal francés: una lengua que yo asociaba entonces con las películas de capa y espada de Jean Marais (por razones misteriosas, eran justamente aquellas que lograban traspasar la muy severa censura comunista). Los oficiales que acompañaban a Alain Marion me tradujeron que me estaba felicitando por mi ejecución. “Merci beaucoup”, le contesté balbuceando. Eran palabras que acababa de aprender la velada anterior: sobrecogido por la atrevida ilusión de que tal vez las fuera a utilizar al día siguiente, le había pedido a mi abuelo, antiguo estudiante de medicina en la Sorbona, que me las enseñara. En los meses que prosiguieron a ese encuentro, sólo pude guardar como recuerdo un bolígrafo BIC que la pianista acompañante me había ofrecido. Mi abuela lo colgó en la pared de nuestro comedor. Tampoco olvidamos las palabras que el flautista le había dirigido a mi padre después de la audición: “El chico tiene que venir a estudiar en Francia. Me ocuparé de ello.”

 Dos años después, a la edad de once años, fui aceptado como estudiante por el Conservatorio Nacional Superior de Música de París. Confiando en la palabra de Alain Marion y en vista de su insistencia tan entusiasta, el gobierno francés me había otorgado una beca. Ésta, había llevado al Estado más aislado del mundo – Albania – a aflojar un poco sus principios de autarquía. A partir de entonces yo iba a poder estudiar en Francia, luego encontraría allí mi nuevo hogar, familiarizándome al mismo tiempo con una lengua y una cultura que hasta entonces me habían sido totalmente desconocidas.

 Durante ese período de estudios, mis contactos con mi “Mesías” no fueron tan frecuentes como mis padres y yo habíamos imaginado. Una vez realizada su promesa, no parecía tener ninguna necesidad de entretenerse saboreando nuestra infinita gratitud. Me queda el recuerdo de un hombre tenaz y generoso, que volví a ver pocas veces y al cual enviaba, con el pasar de los años, mis primeras grabaciones y algunas informaciones sobre mis conciertos.

 ¿Cuál hubiera sido mi destino si Alain Marion no se hubiera esforzado en realizar un proyecto que no le traía ningún beneficio personal? ¿Estaría yo escribiendo ahora en francés? ¿Hubiera grabado este CD dedicado al repertorio de compositores franceses y belgas? Es poco probable. Incluso puedo imaginarme que, decepcionado por la falta de intercambios musicales y por una triste perspectiva artística en ese país de apenas tres millones de habitantes – absolutamente hermético con respecto al mundo exterior, habría terminado por dedicarme a otro oficio que dependiera menos de la libertad para desplazarse.

 Ahora, con ocasión de esta grabación de repertorio francés y belga, me he vuelto a topar con François-Xavier Roth en su función de director apasionado de orquesta, años después de nuestro primer encuentro. De repente nos pareció que sería lo más natural del mundo que le rindiéramos un homenaje a aquel gran hombre, cuyo entusiasmo y cuya generosidad lograron provocar los cambios más radicales, profundos y favorables en mi biografía y en mi desarrollo musical.

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