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Scarlatti PDF Imprimir Correo electrónico

Transcribiendo a Scarlatti

cd14


Mi descubrimiento del piano y de sus grandes intérpretes siempre estuvo íntimamente relacionado, a lo largo de mi vida, con las sonatas de Domenico Scarlatti. Primero fue a través de Horowitz. A los doce años, poco después de haber llegado a Francia, descubrí su célebre grabación de las sonatas del compositor. En Albania había tenido muy pocas ocasiones de escuchar discos de grandes intérpretes. Así, pues, esa grabación se convirtió rápidamente en una de mis favoritas. Al poco tiempo tuve la impresión de haberme aprendido de memoria esas obras cortas y elegantes, a menudo melancólicas. En mi imaginación, parecían transponerse con toda naturalidad al violín, y muy pronto empecé a permitirme el gusto de reproducir algunos fragmentos en mi instrumento. No tardó en llegar el día en el que intenté transcribir de oído una de ellas (la K 54) al pentagrama, y ése fue el experimento que le puso fin a mi audacia. ¡Tenía apenas doce años! No obstante, terminé de transcribir toda la sonata, sólo para darme cuenta de que era prácticamente intocable ... a menos de poner en evidencia unos esfuerzos tan colosales que eliminarían cualquier placer auditivo comparable al que había sentido escuchando a Horowitz.

 A partir de entonces, y durante mucho tiempo, pensé que tal procedimiento no era otra cosa sino una forma de onanismo. Aún más lastimoso me parecía, ya que mi versión grotesca (que sobrepasaba mis medios técnicos de entonces) se grababa – ¡como si fuera a propósito! – mejor en mi cerebro y en mis dedos, que muchos conciertos virtuosos en los cuales había invertido mucho más tiempo de estudio. Peor aún, quizá por haber tenido un resultado tan fallido, mi versión de Scarlatti siguió persiguiéndome con tenacidad, inmiscuyéndose en mis sensaciones de instrumentista con una persistencia tan inútil como incongruente.

 No obstante, y por suerte, ese triste episodio – que terminé por atribuir a un vicio de violinista – no perjudicó en absoluto a mi amor por Scarlatti. Después de Horowitz me sentí deslumbrado al descubrir las únicas dos sonatas grabadas por Dinu Lipatti, donde llegué a vislumbrar que la interpretación más auténtica es aquella que logra enmarcar una inmensa expresividad dentro de una gran y respetuosa humildad. Después le llegó el turno a Michelangeli, cuyas sonoridades parecían estar suspendidas sobre un silencio incomparablemente profundo. La Argerich era diabólica en la K.141, luego Zacharias hacía surgir una serie de asperezas netamente ibéricas, y finalmente fue el clavecinista Scott Ross quien me enseño que la cifra de “555 sonatas” no era una mera expresión, sino que los pianistas todavía estaban lejos de haberse repartido todo el botín de joyas contenido en ese gran tesoro scarlattiano.

 A pesar de todo ello, el recuerdo de aquel intento – abortado a la edad de doce años – permaneció vivo en mi memoria. Sobre todo me “rompía el coco” sobre un acorde en particular a partir del cuarto compás de la K 54, puesto que me parecía que sólo se podía tocar teniendo dos arcos. Finalmente, un día hace tres años, me dije que tal vez sería una buena idea consultar directamente las partituras del Maestro en vez de confiar en mi capacidad auditiva de antaño. Ése fue el comienzo de una labor apasionante, con más satisfacciones que frustraciones a pesar de algunos momentos de duda. En esta grabación podréis escuchar el resultado.

Tedi Papavrami
 
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